CUENTAS PENDIENTES (de Martín Kohan) por Edgardo Scott

CUENTAS PENDIENTES

de Martín Kohan

Anagrama, 2010

por Edgardo Scott


El final de Cuentas pendientes es muy bueno. No lo es por oposición a un comienzo flojo o porque sobre el final se revele algún enigma. No hay remate en Cuentas pendientes. Martín Kohan se encarga con su escritura de irnos alejando, con sutileza y paciencia, del problema que funcionaría como anécdota de la novela, donde un inquilino le debe a su locatario cuatro meses de alquiler. El final es muy bueno, a mi juicio, al menos por dos motivos. Pero quizá haya que contar algo del comienzo antes, para poder entender el desenlace.

En Cuentas pendientes un narrador puntilloso, obsesivo, que después se revelará como el dueño del departamento (a esta altura, ése tampoco es un misterio importante de la novela), irá presentando la vida cotidiana de su inquilino deudor, Lito Giménez. Lito Giménez es un anciano separado, pero que vive en el mismo edificio que su ex-mujer y que su suegra, algo resentido, algo senil, y sobre todo, completamente identificado con los trazos gruesos de vida, de la pequeño-burguesía porteña; con los ideales e ignorancias de la antigua clase media baja conservadora. El narrador, el Dueño, se burla, ironiza, desprecia y hasta a veces, involuntariamente, por el mero hecho de describirlo con tanta intensidad, de interesarse tanto por Giménez, da la impresión de que lo compadece. Recuerdo una frase de Wilcock en esa línea: “Describir a los hombres significa ejercer la compasión”. El Dueño también lo comprende, lo explica, sin saber que en verdad estará presentando, a través de Giménez, un espejo de sí mismo: “...su filosofía de la vida, podría llamarla él, consiste más que nada en dejar correr los problemas, postergarlos indefinidamente y esperar a que se arreglen solos...”. Por su parte, el narrador es un escritor argentino, un profesor de literatura, un intelectual, un hombre de y con recursos, tanto materiales como intelectuales, pero que sin embargo no logra su cometido aparente: no puede cobrarle una deuda a su inquilino, no puede hacerlo pagar. En ello radica la parte visible de su impotencia.

Nunca nos enteraremos del nombre del narrador. Martín Kohan llega hasta el límite de lo que tantas veces hizo Borges, poniéndose como protagonista; sólo que lo hará sin nombrarse, ofreciendo su yo (en otro momento de la novela, hablará de un argumento que es una novela suya: Segundos afuera). El personaje del dueño se va construyendo entonces a partir del texto y de la representación disponible (tapa, contratapa, foto, libros anteriores) de la figura del autor.

Sin embargo, que el narrador espere, que se compadezca de Giménez, que tolere sus postergaciones, no significa que el autor (y en esto hay una decisión muy fina a mi criterio de Kohan) no disponga elementos para que el lector pueda despegarse de aquella mirada. Giménez tiene otras cuentas pendientes. En principio es un apropiador nada arrepentido. Un apropiador que sigue pagando con sus miserias y su servilismo, la miseria que le dio y le da el coronel Vilanova: unos pesitos en un sobre por cada changa que él haga (marcar unos avisos clasificados de automotores), pero sobre todo Giménez recibe aquel sobre, sin saberlo, por lealtad y silencio. Si a Giménez no le importa esa deuda (y no sólo no le importa sino que no la juzga, no la entiende como tal; no siente Giménez que deba nada a nadie más que al coronel Vilanova) menos va a sentir remordimiento o responsabilidad por unos meses de alquiler. Con la vejez, Giménez recrudece, se vuelve del todo un pichiciego, se atrinchera en su ombligo, y sólo le interesa que no lo jodan. No examina, ni le interesa examinar si él jode o ha jodido a alguien, ni ahora ni en el pasado. Giménez es uno de esos viejos de Svevo (recuerdo El vino generoso) o de Dostoievski, tan desagradables, sólo que terrible, odiosamente argentino.

Ahora el final. Decía que el final es muy bueno por dos motivos. En primer lugar porque Martín Kohan hace que en el encuentro del narrador con Giménez, del Dueño con Giménez, se produzca una charla oscuramente amistosa, llena de desencuentros y confusiones. Giménez y el dueño no se entienden. O se entienden, pero no se respetan, no comparten los mismos códigos (códigos, a diferencia de lo que se plantea en la novela, no en el sentido de Jakobson, sino en el sentido barrial: en aquello digno de respeto o valoración, lugar común de interés o desinterés). El narrador valora la palabra, Giménez no. Giménez valora el dinero, el narrador no. Giménez pondera la fantasía, el poder de la imaginación, para el narrador la fantasía toma el cariz de la conjetura, de la especulación incesante, lo que la vuelve un padecimiento. En el tramo final de Cuentas pendientes hay dos hombres que no se compreden, pero sobre todo que no quieren, que no les interesa llegar a hacerlo. Se evitan y se odian. Giménez ensimismado en sus falencias y abyecciones eróticas, el narrador ensimismado (nos enteramos hacia al final) en un desconsuelo amoroso.

En ese final la novela muestra el cruce malo de dos generaciones, dos generaciones ciegas, a las que no les interesa reconocerse. ¿Giménez podría ser el padre del narrador, el padre del Dueño? Por edad, sí, podría. Entonces Cuentas pendientes narra también, en la condensación de un diálogo imposible, falso, esas rupturas de época, de generación, donde prevalece el odio mutuo, el puro rechazo. No casualmente el título y la remisión al tiempo de la dictadura. Quizá sirva también este libro para pensar aquel tiempo en una oposición no sólo de clases e ideologías, sino de generaciones: la mayoría más representativa de los desaparecidos fueron jóvenes, la mayoría más representativa del estado represor lo constituían hombres que podían ser los padres de los desaparecidos (vale quizá el episodio de Ezeiza y la ofuscación de Perón, el Perón viejo, que apenas unos años antes del golpe: ¡...y hoy resulta, que algunos imberbes pretenden tener más mérito...!).

El segundo motivo por el cual el final es muy bueno, es porque para adaptar lo dicho anteriormente, Kohan elige la forma de la comedia. Una forma que muchas veces probó con acierto en libros anteriores (El informe, Los cautivos, Segundos afuera, algunos fragmentos de Ciencias morales) pero que en éste es llevada a un punto extremo. Saer repetía que la comedia es mejor que la tragedia, más hábil, porque nos oculta, nos ahorra las evidencias. En este caso, para escribir lo que Kohan ha querido escribir, u optaba por el ensayo u optaba por la comedia; un drama hubiera sido obvio y patético.

El final final confirma las posiciones: el deudor al que no le importa en verdad pagar, el propietario al que no le importa en verdad cobrar. Los dos tienen otras preocupaciones más acuciantes. Queda por ende una zona crepuscular, un eco de fin de fiesta triste y desalentador, un campo aún minado después de la guerra. Algo, una imposibilidad que quizá se exprese adecuada y poéticamente alrededor del patiecito de Giménez. Kohan escribe: “Lo común es el reflejo, es la mera resolana; y una vez que el verano se extingue, impera un relumbre opaco y mustio que tiene tanto de la luz como de su enemiga la sombra.”


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